Carnaval nocturno (1982)

No es fácil ver Carnaval nocturno (Yami no carnival, Masashi Yamamoto, 1982): cine crudo y sin rastro de ironía. El espectador moderno está acostumbrado a Trainspotting (1996) y a otras pelis de zombis de peluche que, a pesar de la historia, tienen sobre el alma el efecto opiáceo de una comedia romántica. Carnaval Nocturno es un chorro de agua fría.

Al comienzo de la cinta, Kumiko Ota (nombre real de la actriz, en realidad una cantante que nunca grabó nada) se despide de su banda para lanzarse al fondo de la noche como si no hubiera mañana. Lo que vemos mientras la seguimos es un paisaje habitado por fantasmas: psicópatas que giran en torno de los bares igual que planetas sin atmósfera, músicos en paro con manchas de sangre en la camisa, terroristas inmersos en los detalles del apocalipsis y violadores que acechan en manada, detrás de los arbustos, a la espera de saltar sobre los débiles.

Hay momentos o tramas enteras que años después copiarían filmes como El club de la lucha (1999). Y hay, también, un niño de por medio, como para recordarnos que esto no es una fantasía cyberpunk, sino la vida real, y que para la protagonista y el espectador, compañeros de viaje, aún existe la luz del día.

Carnaval nocturno es uno de los productos más originales del movimiento punk en japonés. Es original porque es seria, grave, sin el encanto casi kawaii de Crazy Thunder Road (Kuruizaki Sanda Rodo, 1980) o Burst City (Bakuretsu Toshi, 1982), ambas dirigidas por Sogo Ishii y referencias obligatorias en los blogs y festivales.

Es cualquier cosa menos otaku. No tiene coreografías, ni carreras de coches, ni novias de pechos generosos y densas cabelleras. Carece, en una palabra, de referencias rockabilly, y del consiguiente sentido del humor. Ya dije que la ironía brillaba por su ausencia; tampoco hay baile de disfraces. Sí, en la gran pantalla el punk nipón es lúdico y teatral. El cine de Ishii o la más reciente Wild Zero (Tetsuro Takeuchi, 1999) le deben tanto a Nevermind the Bollocks (1977) como a Grease (1978). Carnaval nocturno es una tesis doctoral punk, lo contrario de entretenimiento, pero sin John Travolta en la bibliografía .

En lo musical, mientras que Ishii presentaba al mundo a bandas como The Stalin o The Rockers, Yamamoto asume que no hay nada que presentar, dando por concluida la escena e insistiendo así en la ausencia de futuro. A pesar de todo, uno de los actores es Michiro Endo, líder de The Stalin. Y a pesar del nihilismo, el espíritu de la cinta es post-punk y New Wave; el violín que suena en el vídeo es el mejor ejemplo de lo que digo.

El caso de Sogo Ishii y el tema fantasma

Durante mucho tiempo creí a Sogo Ishii cuando decía que, antes de convertirse en el mejor cronista cinematográfico del punk nipón, había sido un músico terrible. Luego me di de bruces con esta línea de bajo. Navegando en el barco ebrio de las quimeras musicales, inconscientemente, la subí a mi cuenta de Soundcloud. Pero, alas, como dicen los ingleses, todo esto fue hace más de un año. Y cuánta desventura: al archivo únicamente le di el título de “Ishii”, como para que futuros arqueólogos la hallaran envuelta en un halo de fabulosa intriga. Sí, ha pasado el tiempo, que todo lo consume, y no recuerdo los detalles de la operación. ¿De dónde proviene? No me alcanza la memoria. ¿Quién toca o canta con Ishii? Cómo saberlo. Y, oh, ¿quién es el hermoso diablo que recorre, de norte a sur, lo mismo que un cuchillo acariciando la piel, el largo mástil de ese bajo eléctrico distorsionado? Ni zorra idea. ¿Alguien lo sabe? De hecho, no podría asegurar al cien por ciento que Sogo Ishii forme parte del conjunto. En las labores deductivas, no ayuda que la canción empiece y termine de súbito, y que venga seguida de otra que tampoco sé identificar. He aquí un ejemplo más de mi talento como sabueso y de mi rigor periodístico, cogido por los finos hilos de Google, y movido por las musas de la Pereza y la Falta de Concentración.

Ishii

Una sugerencia: se trata de Shogo Ishii & the Bacillus Army Project, el grupo que Ishii montó con miembros de The Roosterz y Son House a principios del los años 80. No es su único proyecto musical, pero sí el único elegido por alguien, en cuyo criterio todos estamos obligados a confiar, para perdurar en el ciberespacio hasta que la Nube se licue o se desvanezca. Y perdura sólo como referencia, ajena al ruido al que se refiere. Nos encontraríamos, pues, ante un tema perteneciente al único álbum que Ishii y los Bacilos grabaron: “アジアの逆襲/The Strike Back of Asia”, publicado por Nippon Columbia en 1983. Pero también es posible que se trate de una Cara B solitaria o de una cosa informe grabada por estos músicos, o por ninguno de ellos, en otro contexto diferente. A lo mejor un coleccionista encontró La Cosa enterrada bajo estratos de vinilo en una tienda de Shinjuku, y la subió a su blog anti-sistema. Y quizás fui yo quien la descubrió en segundo lugar, en ese blog rebelde que recibe siete u ocho visitas únicas al día, fui yo quien la privó de identidad y la hizo suya, muerto de aburrimiento como el resto de mis coetáneos.  Es probable, asimismo, que la canción existiera más cerca de la Tierra que del Limbo, y que sonara en la banda sonora de alguna película de Ishii, y que se me haya escapado al verlas. Si mantenemos la primera y única hipótesis digna de ser mantenida, el culpable de ese enorme bassline sería Inoue Tomio, bajista de The Roosterz y aún en buena forma. El guitarrista sería Jun Shimoyama (alias Junnosuke Shimoshimo) y la voz tendría que ser la de nuestro principal sospechoso. No mentía, es terrible.

Tadanobu Asano

Pero todo depende, claro, de que aparezcan más pistas. O de que las busque yo por estas selvas. Lo más fácil sería que alguno de mis lectores supiera de lo que hablo, o que conociera personalmente a Sogo Ishii y le mandara un email para preguntarle. Ahora, en este momento fugaz e irrepetible, creo que podríamos estar ante una colaboración más o menos reciente, porque La Cosa suena demasiado bien, demasiado hard rock, como para haber sido grabada en clave de punk en 1983. En aquellas fechas Ishii se las apañó para grabar un disco, pero estaba metido de lleno en el cine. Su obra cumbre, Burst City (爆裂都市, 1982) aún daba coletazos mediáticos. Ishii colaboró entonces con un puñado de grupos punk, que también aparecían en sus películas, y realizó varios documentales y vídeo-clips. Su proyecto más destacable es el filme que captura el último concierto de The Stalin, “los Sex Pistols nipones”, en 1984. Eso, que me inclino a pensar que a lo mejor La Cosa no tiene nada que ver con este periodo. En 2001 Ishii regresó a la estética “cyberpunk”, con Electric Dragon 80.000 V., una película muy musical, en la que incluso el feedback es instrumento de tortura. ¿Reconocéis a La Cosa como parte de la BSO de Electric Dragon? Tendré que volver a verla. El personaje principal de esta cinta es Tadanobu Asano, “el Johnny Depp nipón”: guaperas además de excelente actor y músico alternativo. Ah, la pista definitiva podría ser que Asano e Ishii han hecho cocinitas juntos en el estudio. Quién sabe. Todo por no haber sido más meticuloso ni tener ahora mismo a mi lado a la Diosa de la Curiosidad. Qué desmayo.

Música y cine: de Kurosawa a Ishii (una recopilación)

Os presento un puñado de vídeos que demuestran la íntima relación que siempre ha existido entre la música pop-rock, en todas sus variantes, y el cine japonés. El período:  ca. 1950-1980.

YouTube quita vídeos continuamente, así que si alguno no está, por favor dejad un mensaje y busco otro para reponerlo.  Arigatou.

Antes del rock estuvo el jazz y entre los dos el boogie woogie. Akira Kurosawa lanzó a la fama a la que probablemente sea la primera estrella de la música popular nipona, Shizuko Kasagi, “la reina del boogie” de postguerra, en su celebrada “El ángel ebrio” (1948). Es un retrato de los bajos fondos tokiotas y una muestra brillante de la cultura decadente que acompañó a la ocupación estadounidense a partir de 1945.

Entre 1950 y 1965 la mayoría de los cantantes de rock japonés fueron también actores, y en general artistas todoterreno. Acaso el más popular de todos fue Kyu Sakamoto, discípulo de Elvis y hasta hoy el único cantante japonés que ha llegado al número uno del Billboard. Lo hizo en 1961 con la que en occidente conocemos como “Sukiyaki”. Este vídeo-clip me parece interesantísimo, por su precocidad y por la sordidez del contexto; un vídeo que, a fin de cuentas, estaba diseñado para ser visto por la familia americana de 1960:

Actores y/o músicos que derretían a las adolescentes en los primeros 60 se cuentan con los dedos de una mano. Me quedo con el polivalente Yuzo Kayama. Trabajó en películas de mucho éxito, como la serie del “Joven General” (Wakadaisho, 1961-65), destinada al público más voluble. Kayama también tocaba la guitarra. Y lo hacía muy bien, tanto que sus maestros, los Ventures, a quienes conoció en Japón, llegaron a decir de él que era lo mejor que habían visto nunca e incluso le versionearon. En este clip canta la genial “Boomerang Baby”. Es una de sus películas musicales:

 
 

Aquí lo tienes en Nubes dispersas (1967) (Miidaregumo) , un papel más serio, la última película del aclamado Mikio Naruse:

Siguiendo la estela de Help!, y sobre todo en emulación de los prefabricados Monkees, las discográficas niponas lanzaron al estrellato a The Tigers, el primer grupo en beneficiarse del look mod, el más famoso y seguramente el peor de todos los conjuntos de los 60. En 1969 grabaron“Smile For Me” para la película Hi! London, de la que eran protagonistas, y que usaron en un intento de abrirse camino en el mercado inglés. Pero en la Inglaterra de Cream y los primeros Led Zeppelin, el estilo de The Tigers había caducado. “Smile for me” fue escrita por los Bee Gees, que ya por aquel entonces apuntaban maneras.

The Tigers tuvieron alguna canción decente, a pesar de las apariencias, y sus filmes son documentos interesantes, aunque no dejen de ser un pastel.  Musicalmente hablando, lo mejor de Hi! London era la chica de la película, Kaori Kumi, pionera de la bossa nova nipona y actriz en un par de largometrajes de aquellos años. 

Ah, ellas… No hay cine sin esos heraldos de la inocencia y las buenas maneras domésticas. Lo cierto es que sexo es todo lo que emanaban, o sería sensualidad. Ya hemos visto a Shizuko Kasagi. Hubo otras, sobre todo a partir de 1960. Como ejemplo, la guapa Jun Mayuzumi cantando su éxitazo Black Room en 1968:

Y a partir de 1970 se popularizó el destape. En Japón fue mucho más artístico de lo que esa palabra sugiere -nada que ver con Pajares y Ozores, y a la par con Buñuel, si me preguntan sobre lo más logrado de esos años. Estudios como Nikkatsu y Toei comenzaron a invertir en el género rosa o pinku, que no sólo enseñaba las carnes sino que también nos agraciaba con generosas dosis de violencia gráfica. Reiko Ike y Meiko Kaji son quizás las actrices más conocidas de la década erótica de 1970. También hicieron discos aunque, hasta donde yo sé, no cantaran en las películas. Su estilo suele combinar las melodías más o menos tradicionales de Japón (el enka) con el soul afroamericano que estaba de moda entonces. Reiko Ike, la actriz:

Reiko Ike, la cantante, en toda su gloria:

Y, por fin, el punk, el espíritu de nada importa.  Sogo Ishii es su mejor representante. Para gusto de melómanos, Ishii era también músico, un músico penoso, pero músico a pesar de todo y en la mejor tradición punk. Su primera peli, “El instituto del pánico” (1978) -una historia de estudiantes alienados y con metralletas, que tan popular sería a partir de entonces- no estaba destinada al cine, aunque algún productor avizado adivinó su potencial y la adaptó para la gran pantalla:

Grabó sus siguientes películas con grupos de la época, como The Stalin y The Rockers, mezclándolos con actores semi-profesionales. Hoy son clásicos que nadie quiere perderse en los festivales y en las retrospectivas. Crazy Thunder Road, de 1980:

Y otro hito del cyberpunk, Burst City (1982):

La decadencia de Kurosawa y la de Ishii no son, al fin y al cabo, tan dispares.