Ruidos rarunos 2011. (4) iPhones en manos de modelos

No es nada nuevo, pero sigue siendo moderno. Craftwife aprovecha al máximo las aplicaciones musicales del celebrado iPhone. Steve Jobs estaría orgulloso. La producción es decente y divertida, y la calidad del sonido es impresionante para ser un cacharro tan pequeño. Pero lo que de veras le da alas al proyecto es el diálogo entre música y maniquí. Craftwife se viste de Kraftwerk, referencia perfecta por lo que el iPhone y los sintetizadores de antaño tienen en común, y se nos presenta en posición de azafata de feria tecnológica: esa manera de ser absolutamente profesional sin dejar de exhibir un aire de infinito aburrimiento.

En estas fechas… popurrí reggae

Detengámonos un instante. Devolvamos la Visa al bolsillo, salgamos de El Corte Inglés, elevemos la vista por encima del churrigueresco de neón y nieve artificial de la fachada y meditemos: ¿qué es lo que verdaderamente importa en estas fechas? La respuesta es obvia: el reggae y el ska, motivos tan navideños como la sidra, el turrón y el Scalextric. Una rápida visita a YouTube basta para atestiguar la enorme cantidad de villancicos que han pasado por el filtro jamaicano. Si a esto le añadimos Japón, el resultado es un mejunje cultural y/o sónico que pone los pelos de punta. Lo más interesante, claro, es que en el país del sol naciente no hay tradición cristiana, pero se celebra la Navidad como si no hubiera mañana.

Skayaway, grupo joven con infusiones filipinas, publica estos días su álbum Ska Santa.

“Christmas Ska”, de Tokyo Ska Paradise Orchestra, se remonta a los mismísimos orígenes de la banda, hace más de veinte años.

Y qué decir del disco Reggae with Xmas Lovers, por entero dedicado al asunto Japón-regala-reggae-por-Navidad. Incluye temas de Skapara, Risingtones y Reggae Disco Rockers entre otros.

¿Y del espíritu festivo de *** Resonation…I ***, proyecto a caballo entre Kyoto y NuevaYork?

Finalmente, hace uno o dos años se intentó fundir el reggae con el enka. La gente piensa que el enka es la música tradicional nipona, y en cierta medida lo es, si por “tradicional” entendemos un estilo híbrido, nacido del encuentro de Japón con Occidente a finales del siglo XIX. En fin, el resultado se llamó reggaenka, fue una especie de reggaetón, y se lanzó por Navidad, por si colaba. Pudo haber sido peor y también mejor (lo ha demostrado Omodaka al fundir magistralmente el enka y la electrónica) pero qué sería de la Navidad sin las horteradas.

The Beatles en Japón… ¿otra vez?


La noticia ha corrido como un reguero de pólvora: ya podemos comprar música de los Beatles a través de iTunes. Parece que por fin el gigantesco reproductor de medios le abre sus puertas a los grupos más underground. Es también una feliz casualidad que la decisión se tome en la víspera de Navidad. Por “víspera” entiéndase lo que se quiera: yo vi el árbol montado con mucho esmero, con sus turrones y sus polvorones y sus regalos huecos esparcidos alrededor, en un Supersol de Málaga hace por lo menos dos meses.

Otra coincidencia es la reciente adaptación cinematográfica de Norwegian Wood (Tokyo Blues en España), obra cumbre del celebérrimo novelista Haruki Murakami. La película, que se estrena en nuestro país el 11 de diciembre, pasó por los festivales europeos sin levantar demasiadas pasiones, o no tantas como la novela, que narra las aventuras amorosas de un universitario en el Tokio de 1969, y que catapultó a Murakami a la categoría de semi-dios en su país hace ya veinticinco años.  No sería exagerado decir que Murakami es a Japón lo que Gabriel García Márquez es a Colombia. Uno y otro, también, se consideran a sí mismos parcialmente responsables del bienestar psicológico de sus compatriotas. Durante muchos años, para evitar el torbellino de la fama y las entrevistas, el escritor japonés vivió en exilio voluntario en el extranjero. Solo se decidió a volver en 1995, tras el atentado con gas sarín en el metro de Tokio, que dejó 13 muertos y una honda impresión, y sobre el que sin falta el hijo pródigo Murakami escribió un libro.

Los más alternativos y perspicaces lectores habrán caído en la cuenta de que Norwegian Wood es el título de una de las canciones de los Beatles (y la número 27 en la lista de las más descargadas en iTunes desde que comenzó la fiebre hace un par de días). La novela empieza con ella, sonando de fondo en un aeropuerto alemán y transportando a su protagonista de treinta y tantos años, Watanabe, a su última adolescencia. En el que para mí es el mejor momento del libro, una de las amigas de Watanabe toca en la guitarra acústica todas las canciones de los Beatles que puede recordar y, bien entrada la noche, en una bruma de vino y whisky, sabiendo que nunca volverán a verse -ella está enferma y le lleva casi veinte años- acaban juntos en la cama.

Aunque tanto la novela como su autor me entusiasman, Watanabe me cae fatal; desde que le conocí hace ya diez años me ha parecido un triste y un tonto del culo. El resto de los personajes de Norwegian Wood, no importa lo enloquecidos que estén o lo siniestros que sean, me caen bien. ¿Soy el único que piensa así?

Lo que me lleva al tema de hoy. La noticia de iTunes y el inminente estreno de la película han hecho que la prensa internacional se apresure a vaticinar una segunda Beatlemanía. ¿En serio? ¿Se han olvidado de la primera? Japón es de sobra conocido por el entusiasmo con el que se apunta a todo lo que lleva colgando la etiqueta de cultura pop. The Beatles, los Dioses del Pop, tuvieron más influencia en Japón que en ningún otro país del mundo. Esto es mucho decir, pero seguramente sea cierto. No hay más que investigar su impresionante escena musical para dar fe de ello.

San Pablo, San Juan, San Jorge y San Ringo (¿?) tocaron cinco bolos en Japón, entre el 30 de junio y el 2 de julio de 1966, todos ellos en el palacio de artes marciales Budokan. Hoy, Budokan es sinónimo de grandes conciertos. En aquella época, a pesar de ser un edificio nuevo, construido para las Olimpiadas de 1964, Budokan era un símbolo de tradición.

Los Beatles irrumpieron en esa tradición. Hubo manifestaciones en su contra, la mayoría de ellas universitarias. Hubo amenazas de muerte y una tensa espera, que pudo haber terminado en cancelación. Unos días antes del aterrizaje de los cuatro de Liverpool, un ciclón pasó por Tokio. La prensa nacional, siempre alerta, no tardó en hablar del “ciclón Beatles“, esa nueva tormenta que tomaba forma en el horizonte. El gobierno desplegó a 35.000 policías en torno al Budokan, diez mil efectivos más que el número total de asistentes a los cinco conciertos. Cuando los Beatles se fueron, el país quedó culturalmente marcado para siempre.

Decir que esta, la de iTunes y Tokyo Blues, es una segunda Beatlemanía me parece demasiado.  Si lo es, lo será durante las fiestas navideñas, y eso no cuenta porque estaremos todos pedo.

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Este fue el setlist de aquellos míticos conciertos:

1. Rock And Roll Music
2. She’s A Woman
3. If I Needed Someone
4. Day Tripper
5. Baby’s in Black
6. I Feel Fine
7. Yesterday
8. I Wanna Be Your Man
9. Nowhere Man
10. Paperback Writer
11. I’m Down

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