El ataque de los champiñones asesinos (1963)

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Aquí puedes escuchar una parte de la Banda Sonora Original de la película Matango (マタンゴ, Ishirō Honda, 1963), mejor conocida por su título en inglés, The Attack of the Mushroom People. En la grabación hay dos temas seguidos, uno inquietante como la muerte que acecha y el otro, a partir de los 3 min. y 50 s., que bien podría sonar en cócteles suburbanos de 1960. Lleva la firma del compositor tokiota Sadao Bekku (1922-2012). En la blogosfera occidental Bekku solo es recordado por Matango, hecha pensando en las palomitas, y no por el resto de su muy sesuda producción: óperas, sonatas, sinfonías. El pop es inocuo y no requiere una educación formal, pero también es más profundo, y desde luego más acorde con lo que sucede a pie de calle, que cualquier intento de replicar el clasicismo. Así que creo que El ataque de los champiñones asesinoscomo se tituló felizmente al castellano, es la perla de su biografía artística.

Sadao Bekku, 1922-2012

Matango es una historia de ciencia ficción típica de la Guerra Fría, a la manera de Godzilla y Mothrapero sin monstruos gigantes, con lo que resulta menos camp. El argumento es sencillo: un grupo de náufragos llega a una isla desierta y, a falta de alimentos, se come lo que allí crece, esto es, las setas. El efecto es el que todos podríamos esperar, y está bien logrado en la pantalla, con gran suspense o miedo psicológico, tanto como para que exista un pequeño culto a su alrededor. El responsable del guión fue Takeshi Kimura, también autor de títulos de menor valía como Frankenstein conquista el mundo. En esta ocasión Kimura volvió a reciclar un antiguo texto europeo, “La voz en la noche”, del británico William Hope Hodgson (1877-1918), quien inventó no pocas formas de horrorizar a lo lectores y murió él mismo víctima del horror, en las trincheras belgas durante la Primera Guerra Mundial. Este es un fragmento del germen literario de Matango:

“Ven conmigo, John”, dijo, y me condujo a popa. Al ver lo que crecía en su almohada, me estremecí y en aquel mismo instante decidimos abandonar en seguida el barco y ver si podíamos instalarnos más cómodamente en tierra firme. Rápidamente recogimos nuestras escasas pertenencias y entonces vi que incluso entre ellas había aparecido la masa, pues en uno de los chales de mi amada, cerca del borde, había un poco. Tiré la prenda por la borda, sin decirle nada a ella. La balsa seguía en el costado del barco, pero como era demasiado difícil gobernarla, eché al agua un bote pequeño que colgaba de lado a lado de popa y a bordo del mismo nos dirigimos a la playa. Mas al acercarnos a ella, poco a poco me di cuenta de que la vil masa que nos había hecho abandonar el barco empezaba a cubrir todo cuanto había en tierra. En algunos sitios formaba montículos horribles, fantásticos, que casi parecían moverse, como si albergaran algún tipo de vida silenciosa, cuando el viento pasaba sobre ellos. En otras partes tomaba la forma de dedos inmensos, mientras que en otras se limitaba a extenderse, lisa, viscosa y traicionera. En algunos sitios hacía pensar en árboles enanos y grotescos, llenos de nudos y pliegues extraordinarios… Y todo ello se movía a ratos, horriblemente. Al principio nos pareció que en toda la costa que había a nuestro alrededor no quedaba ni un solo lugar que no estuviera oculto bajo aquella horrible sustancia; pero más tarde pudimos comprobar que nos equivocábamos, pues al navegar siguiendo la costa, a cierta distancia, vimos un pequeña extensión de algo que parecía arena fina y allí desembarcamos. No era arena. Lo que era no lo sé.

El caso de Sogo Ishii y el tema fantasma

Durante mucho tiempo creí a Sogo Ishii cuando decía que, antes de convertirse en el mejor cronista cinematográfico del punk nipón, había sido un músico terrible. Luego me di de bruces con esta línea de bajo. Navegando en el barco ebrio de las quimeras musicales, inconscientemente, la subí a mi cuenta de Soundcloud. Pero, alas, como dicen los ingleses, todo esto fue hace más de un año. Y cuánta desventura: al archivo únicamente le di el título de “Ishii”, como para que futuros arqueólogos la hallaran envuelta en un halo de fabulosa intriga. Sí, ha pasado el tiempo, que todo lo consume, y no recuerdo los detalles de la operación. ¿De dónde proviene? No me alcanza la memoria. ¿Quién toca o canta con Ishii? Cómo saberlo. Y, oh, ¿quién es el hermoso diablo que recorre, de norte a sur, lo mismo que un cuchillo acariciando la piel, el largo mástil de ese bajo eléctrico distorsionado? Ni zorra idea. ¿Alguien lo sabe? De hecho, no podría asegurar al cien por ciento que Sogo Ishii forme parte del conjunto. En las labores deductivas, no ayuda que la canción empiece y termine de súbito, y que venga seguida de otra que tampoco sé identificar. He aquí un ejemplo más de mi talento como sabueso y de mi rigor periodístico, cogido por los finos hilos de Google, y movido por las musas de la Pereza y la Falta de Concentración.

Ishii

Una sugerencia: se trata de Shogo Ishii & the Bacillus Army Project, el grupo que Ishii montó con miembros de The Roosterz y Son House a principios del los años 80. No es su único proyecto musical, pero sí el único elegido por alguien, en cuyo criterio todos estamos obligados a confiar, para perdurar en el ciberespacio hasta que la Nube se licue o se desvanezca. Y perdura sólo como referencia, ajena al ruido al que se refiere. Nos encontraríamos, pues, ante un tema perteneciente al único álbum que Ishii y los Bacilos grabaron: “アジアの逆襲/The Strike Back of Asia”, publicado por Nippon Columbia en 1983. Pero también es posible que se trate de una Cara B solitaria o de una cosa informe grabada por estos músicos, o por ninguno de ellos, en otro contexto diferente. A lo mejor un coleccionista encontró La Cosa enterrada bajo estratos de vinilo en una tienda de Shinjuku, y la subió a su blog anti-sistema. Y quizás fui yo quien la descubrió en segundo lugar, en ese blog rebelde que recibe siete u ocho visitas únicas al día, fui yo quien la privó de identidad y la hizo suya, muerto de aburrimiento como el resto de mis coetáneos.  Es probable, asimismo, que la canción existiera más cerca de la Tierra que del Limbo, y que sonara en la banda sonora de alguna película de Ishii, y que se me haya escapado al verlas. Si mantenemos la primera y única hipótesis digna de ser mantenida, el culpable de ese enorme bassline sería Inoue Tomio, bajista de The Roosterz y aún en buena forma. El guitarrista sería Jun Shimoyama (alias Junnosuke Shimoshimo) y la voz tendría que ser la de nuestro principal sospechoso. No mentía, es terrible.

Tadanobu Asano

Pero todo depende, claro, de que aparezcan más pistas. O de que las busque yo por estas selvas. Lo más fácil sería que alguno de mis lectores supiera de lo que hablo, o que conociera personalmente a Sogo Ishii y le mandara un email para preguntarle. Ahora, en este momento fugaz e irrepetible, creo que podríamos estar ante una colaboración más o menos reciente, porque La Cosa suena demasiado bien, demasiado hard rock, como para haber sido grabada en clave de punk en 1983. En aquellas fechas Ishii se las apañó para grabar un disco, pero estaba metido de lleno en el cine. Su obra cumbre, Burst City (爆裂都市, 1982) aún daba coletazos mediáticos. Ishii colaboró entonces con un puñado de grupos punk, que también aparecían en sus películas, y realizó varios documentales y vídeo-clips. Su proyecto más destacable es el filme que captura el último concierto de The Stalin, “los Sex Pistols nipones”, en 1984. Eso, que me inclino a pensar que a lo mejor La Cosa no tiene nada que ver con este periodo. En 2001 Ishii regresó a la estética “cyberpunk”, con Electric Dragon 80.000 V., una película muy musical, en la que incluso el feedback es instrumento de tortura. ¿Reconocéis a La Cosa como parte de la BSO de Electric Dragon? Tendré que volver a verla. El personaje principal de esta cinta es Tadanobu Asano, “el Johnny Depp nipón”: guaperas además de excelente actor y músico alternativo. Ah, la pista definitiva podría ser que Asano e Ishii han hecho cocinitas juntos en el estudio. Quién sabe. Todo por no haber sido más meticuloso ni tener ahora mismo a mi lado a la Diosa de la Curiosidad. Qué desmayo.

Salyu | s(o)un(d)beams+

Salyu lleva desde el año 2000 jugando al misterio con medio Japón. Siempre ha sido un interrogante, aunque ahora lo es un poco menos. Empezó enmascarada, bajo el álter ego de la cantante Lily Chou-Chou, también protagonista de la película Todo sobre Lily Chou-Chou. Solo en los últimos años ha comenzado a presentarse al mundo bajo su “verdadero” nombre artístico, y siempre lo ha hecho a la vera del productor Takeshi Kobayashi. Salyu (en realidad es la manera en que los japoneses dicen salut en francés) ha colaborado con los muy populares Mr. Children, por ejemplo, y poco a poco va superando su proverbial miedo escénico. Prueba de ello es este exquisito DVD en directo, s(o)un(d)beams+, publicado el año pasado. A veces, su estilo me recuerda al talento ilimitado de la pianista experimental Eiko Ishibashi. El último álbum de Salyu es Photogenic (2012). Más en su página web.

Abraxas: budismo y punk

Jonen es un monje budista a punto de perder la fe. La culpa la tiene la memoria. Sucede que antes de ser monje, Jonen había sido el líder de un salvaje grupo punk. Sucede también que fueron los excesos -las drogas y un intento de suicidio- los que le llevaron a dedicarse por completo a la religión. Ahora, en contra de la opinión de quienes le conocen, quiere volver a sus raíces. Pero se propone hacerlo sin colgar los hábitos. El misterio de película, pues, reside en esta aparente contradicción: una busca de identidad entre el lado más bestia de la música popular y la calma trascendental de la religión budista.

El músico Suneohair (Kenji Watanabe) interpreta el papel de Jonen. La banda sonora lleva la firma del gran noisician Otomo Yoshihide. El director es Naoki Kato, nacido en 1980 y licenciado en filología francesa. Más sobre Abraxas (アブラクサスの祭, Aburakusasu no matsuri) en su página web oficial.

Esta no es la primera vez que el cine japonés trata de comulgar música moderna y budismo. El año pasado, hablé varias veces del documental KanZeOn, en el que participa el monje y DJ Tatsumi Akinobu.