Moskitoo | Mitosis

Mitosis-Moskitoo

En Mitosis, su nuevo trabajo, Moskitoo muestra su lado más contemplativo. El estudio es el dormitorio, como lo había sido en discos anteriores, aunque ahora la pátina de soledad tiene el beneficio de la experiencia. Ya no suena solo a Casio PT-82. Sigue siendo ruido, y no contiene canciones sino libre improvisación extremadamente minimalista.  Nos adentra en eso que se llama onkyokei: una evolución de la música hacia el silencio, que en verdad es el murmullo de lo que nos rodea. La fabulosa Sachiko M (no me cansaré de pinchar este vídeo, uno de los menos populares de Akane Indie) y Otomo Yoshihide estarían en la misma liga. Todos ellos comenzaron reuniéndose una vez a la semana en Off Site, un pequeño club de Tokio, hace algunos años, y terminaron forjando su propia identidad. Es el otro extremo del japanoise, un punk de nuevo cuño, si me permiten usar la etiqueta: es una reacción primaria en contra del sistema, pues no hay dinero alrededor, a través de un educado filtro geek y con un énfasis muy particular en el diseño. Y el diseño es limpieza, lo contrario del punk original. Muy interesante, de lo más interesante que ha salido de Japón últimamente. “Suena japonés”, por mucho que los propios músicos se nieguen a reconocerlo. En resumen, casi ni se oye.

El auge del K-pop (y el declive del J-pop)

“Gentleman”, el último sencillo de Psy, ha superado ya los 500 millones de vistas en YouTube. Va camino de convertirse en el vídeo más visto de la historia. Con permiso de “Gangnam Style”, claro. El pop surcoreano (K-pop) parece haber surgido de ninguna parte. Hasta hace apenas unos años, Japón era el único país asiático del que nadie sabía nada, musicalmente hablando. Y había que ser un friki para saber algo. Como bien indica Google Trends, el ascenso del K-pop entre la comunidad global de fans es paralelo a la pronunciada crisis de su homólogo nipón. En una palabra: Corea (en color azul) ha ocupado el vacío dejado por Japón (en color rojo). Los picos de “Gangnam Style”, a finales de 2012, tan solo apuntalan el auge del K-pop.

kpop jpop

El resto es un artículo que he escrito para Entretanto Magazine. Aquí puedes seguir leyendo.

Where did these motherfuckers come from?

El pasado marzo Akane Indie cumplió tres años. Cuando comencé no tenía ni idea de que hubiera tantos hispanoparlantes interesados en el tema. Ha sido un placer comprobar que la música japonesa tiene su ejército de fans a ambos lados del Atlántico. Uno de los primeros grupos de los que hablé, y uno de mis favoritos, es Seagull Screaming Kiss Her Kiss Her, en activo en la década de 1990. Al descubrirlos hace ya diez años, recuerdo haberme preguntado: ¿De dónde han salido estos? Mi punto de vista cambió completamente en esa época. Ahora estoy convencido del valor de las guitarras en Japón, al igual que sé que la música negra es el origen de todo lo que oímos. La cantante de SSKHKH es la fabulosa Aiha Higurashi, a quien pude entrevistar, y que ahora está en muy buena forma, al frente del trío The Girl.

He estado pensando en la trayectoria del blog. Sin haberlo pretendido, cada año Akane Indie ha seguido una tendencia: el primero estuvo dedicado a hacer un mapa del indie en sentido estricto (sin ocultar mi gusto por el garage), el segundo fue un homenaje al ruido, y el tercero trató de la historia y sus recovecos. Y parece que desde enero de 2013 vengo interesándome por el j-pop. He disfrutado mucho desmontando a AKB48, a la vez que admiraba el impetuoso ascenso del pop coreano. Una cualidad de la escena k-pop ―que es un poco el eco del auge de los teléfonos Samsung― es que ellas parecen tener toda la garra de la que ellos carecen.

La verdad es que el j-pop es un estilo musical fascinante. Y aunque sea enlatado y bla bla bla, la producción es siempre reconocible, incluso cuando es tan ñoña como la de AKB48. Ser reconocible es tener una identidad. Además, la mayoría de estos grupos no llegarían a fin de mes si vivieran solo de su arte. Es decir, desde esta perspectiva, el j-pop es tan alternativo como pueda serlo el punk. A fin de cuentas es una cuestión de imagen o estilo: quién elige ser qué. Y en la cultura de ídolos japonesa hay tanto radicalismo, que este casi parece la regla. Véase BiSimulation:

Y, como digo, músicalmente hablando, el j-pop es una marca de identidad nipona inigualable. El indie suele serlo también, pero solamente si uno se fija en lo más original de cada época. A partir del año 2000, ha habido una forma hipersensible de tocar la guitarra, una manera pop de construir las melodías y una técnica honesta a la hora de grabar las canciones (sin filtros de ninguna clase) que solamente se da en Japón. Mi opinión es que todo esto se remonta a Number Girl, quienes a su vez eran los mejores discípulos de SSKHKH. Lo último de The Band Apart es un eslabón más en esta cadena de perfección.

Pero allí también hay miles de imitadores de Joy Division, y la verdad es que no tengo la edad ni la paciencia para dedicarles un minuto de mi tiempo. Vale, tres minutos: el talento de Plasticzooms es indudable, pero sonarían mucho mejor si no fueran tan conscientes de su postura.

Es lo mismo en el Reino Unido. No vayan ustedes a creer que Japón es el único país que copia o imita a bocajarro: Tokio plagia a Londres, y Londres se plagia a sí mismo, lo cual es mucho peor. Una réplica idéntica no tiene por qué ser mala. He estado leyendo la autobiografía de Keith Richards, donde el guitarrista explica cómo los Rolling Stones aspiraban a recrear el blues en Inglaterra, y cómo en su primera gira americana, en 1964, Bobby Womack ni siquiera sabía que los intérpretes de la versión de “I Just Want to Make Love To You” eran blancos, ni mucho menos ingleses. Where did these motherfuckers come from?, preguntó a su mánager al conocerlos. Sería necesario que alguien supiera (o quisiera) arrancar a las guitarras de su limbo. Siempre nos queda lo retro, claro. Y la música de baile, inspirada en el hip hop, donde suceden los riffs más agresivos, y los mejores basslines, y los ritmos más audaces.

Chibi-tech | Moe Moe Kyunstep

Alguien que se hace llamar Jaelyn es la culpable de lo que oyes. Es estadounidense, de padres asiáticos, y trabaja en Tokyo. Parece que Jaelyn ha exportado a Japón el nuevo gusto yanqui por el dubstep (aunque en Japón ya lo conocieran; esta sería una segunda ola propiciada por Skrillex) y que lo ha mezclado con el lolicore, también llamado otakucore, una cópula entre el noise y la subcultura kawaii. El resultado, lo mismo que enchufar la Game Boy a un amplificador Marshall y subir el volumen al máximo, es una dulce tortura acústica. Aquí puedes ver a Chibi-tech en directo.

En Akane Indie hice una introducción al dubstep nipón y hablé algo de lolicore y mucho, demasiado, de noise.

Atención. No son todo maquinitas; en su cuenta de Soundcloud hay guitarras y tambores, y también hay melodias distorsionadas. Es una especie de  j-pop alternativo.

Ei Wada y Open Reel Ensemble: un “geek” y un magnetófono

Hoy por hoy, es difícil estar en la vanguardia sin haber pasado antes por el trastero de la nostalgia y el reciclaje. Nunca se han construido castillos en el aire; todo está, en mayor o menor medida, anclado en la tradición. Pero esta es una época de sensibilidad “retro”, en la que incluso la música avanzada rinde homenaje a las antigüedades. Como ejemplo, Open Reel Ensemble, el experimento sonoro de Ei Wada.

Con tan solo veinticuatro años, Ei Wada debería vivir por y para el mundo virtual. No obstante, manipula cintas magnéticas y magnetófonos. Pero su interés es más complejo, no se limita a un momento histórico: Open Reel Ensemble (Conjunto de Bobina Abierta) es una suerte de arqueología de la ultra-modernidad nipona.

La primera impresión que ofrece Ei Wada es la de un DJ de los años 90, de los que rayaban vinilos y mezclaban analógicamente. En otras palabras, este joven japonés juega con las bobinas como si se tratara de una mesa Technics en posición vertical (no se pierdan el vídeo adjunto).

Los vinilos eran el pasado en los años 90 y los platos Technics son el pasado en el año 2012. En efecto, la casa Panasonic anunció hace unos meses el final de su fabricación. La obra de Open Reel Ensemble, en este sentido, pone de relieve la importancia de la tecnología japonesa en la historia de la música contemporánea. Y hay una especie de nostalgia geek en todo ello.

Sony, Toshiba, Fujitsu, Hitachi, Canon, Panasonic o Nintendo fabrican máquinas de producción de ruido que, independientemente de su propósito original, han sido utilizadas en experimentos musicales. La Game Boy solo puede ser descrita como una pieza de coleccionista, y son muchos los músicos que exploran sus posibilidades en la actualidad, Omodaka y Saitone entre ellos.

No solo la Game Boy es cosa del pasado. Todas estas marcas, hasta la revolución de los ordenadores, en la que Japón apenas participó, dominaban en las cocinas y salones y dormitorios de medio mundo. De ahí que la mirada nipona a los aparatos eléctricos vintage tenga siempre tintes melancólicos.

Pero no se trata solamente de utilizar marcas japonesas. La idea general es explorar la época dorada del entretenimiento familiar, cuando la tecnología de uso particular se concentraba en cuatro o cinco electrodomésticos repartidos por la casa. El proyecto paralelo de Ei Wada es Braun Tube Jazz Band, una “orquesta” de televisores antiguos modificados, con pantalla táctil, a la vez lumínica y sonora.

Uno de los pioneros de este viaje a (¿mejores?) tiempos, modernos a la vez que pasados, es Otomo Yoshihide. Ya a finales de los años 80, cuando el CD comenzaba a borrar del mapa a los vinilos, Yoshihide se compró un tocadiscos en una tienda de segunda mano y comenzó las distorsiones y digresiones –giradiscos de múltiples brazos, por ejemplo– que le han hecho famoso.

Otro de los objetos condenados al baúl de los recuerdos es el Walkman para cintas de Sony, cuya muerte fue anunciada también en 2010. La historia de Open Reel Ensemble empezó, de hecho, con las grabaciones caseras de Ei Wada en cintas cassette de su padre. Fue este quien, al ver a su hijo interesado en la prehistoria de las grabadoras, le habló de los magnetófonos. El primero, lo compró en eBay.

 El magnetófono es como un Walkman gigante, un estudio portátil de los años 70. El tamaño importa, porque le otorga presencia y por lo tanto significado a las actuaciones en directo. Ei Wada afirma que su interés en los aparatos antiguos tiene que ver con el carácter fugitivo e invisible de la cultura digital. Los instrumentos analógicos son tangibles. Su mecánica es industrial, incuestionable y rotunda: queda bien sobre un escenario.

Lo cual no significa que Ei Wada sea un reaccionario. Su opinión acerca de las limitaciones de la tecnología digital se funda precisamente en su pasión por la última modernidad. El objetivo de Open Reel Ensemble es, en una palabra, la integración del magnetófono y el iPad.

Esto se consigue, en parte, gracias a la incorporación de un puerto USB a las pesadas máquinas obsoletas. Así, el directo de Open Reel Ensemble tiene el encanto de lo “retro”, pero se beneficia de las posibilidades casi infinitas de la tecnología digital: sincronización automática, sampleados a tiempo real etcétera.

Por supuesto, llegar a este punto no fue fácil. La fusión condujo inevitablemente a la invención de instrumentos musicales nuevos. Es decir, lo que vemos sobre el escenario parece un magnetófono, pero es mucho más que eso.

Su perfeccionamiento y afinación se llevó a cabo en el campus. Al descubrir su interés por la música experimental, Ei Wada se matriculó en la Universidad de las Artes de Tama (Tokyo). Entre clase y clase, y por medio de proyectos de fin de curso, nació el cuarteto Open Reel Ensemble.

El éxito en el circuito alternativo fue instantáneo y variopinto: Open Reel Ensemble tocan en nightclubs, festivales indie (como el Sónar 2011) y museos de arte contemporáneo por igual. Producen música experimental que también es música de baile. Invitan a la nostalgia, pero lo hacen utilizando máquinas híbridas que no podrían ser más vanguardistas.

 Y a pesar de todo, no logran escapar de su imagen geek. Open Reel Ensemble parecen estudiantes de matemáticas. Y Ei Wada parece recién salido del trastero de la casa de sus padres, con una sonrisa de oreja a oreja, como si hubiera descubierto un tesoro de aparatos eléctricos estropeados, acumulando polvo en una caja de cartón.