Movimientos telúricos

Aeropuerto de Sendai, Kyodo News/Associated Press

Malas noticias. Primero el terremoto, luego el tsunami. Y luego #prayforjapan a la cabeza de los trending topics en Twitter. Parece que refugiarse en la superstición se ha vuelto a poner de moda en la última década. Desde el 11-S, cada vez que hay un cataclismo, el mundo reza. No entiendo esta especie de “fe de salvamento” cibernética. Horas después del temblor ya han encontrado varios cientos de muertos vomitados por el mar en las playas y en los campos. Y todos sabemos que las víctimas se multiplicarán. Aunque, para la magnitud inconcebible del temblor (8,9 grados), los datos aún no parecen aterradores. Japón ha hecho los deberes y los japoneses tienen motivos para esperar toda la ayuda que les llegue a partir de ahora. Pensemos en las consecuencias del tsunami de la Navidad de 2004, unos cuantos de miles de kilómetros al sur, en el epicentro de la pobreza. Si dios tuvo algo que ver con eso, no se merece que lo recuerdes, se merece que lo olvides.

Hablando de fantasmas, el otro día visité a mi abuelo, que ya no sale de casa y morirá en cualquier momento. Por suerte, en su vida ha leído lo suficiente como para poder prescindir de las estampitas. Gracias a los libros, mi abuelo es un maestro del realismo irónico y adorna su vejez con calculadas dosis de teatro. Cuando voy a verle, me mira desde el sillón y señala con el brazo extendido pero sin ganas, como dios en la Capilla Sixtina, a la nutrida biblioteca. “Coge lo que quieras”, dice con fingido acento de moribundo. Dos capas de volúmenes prietos se apelotonan en la pared y la cubren entera. El único espacio vacío, la única ventana al mundo en ese muro de papel y polvo, es un televisor apagado. Mi abuelo no solo no cree. Ahora casi no ve, ni lee.

Blasco Ibáñez en Japón, 1923 / Cervantes virtual

Mi abuelo, pues, me regaló las obras completas de Vicente Blasco Ibáñez, ediciones Aguilar, tres volúmenes, en tapas rojas de piel y fino papel de biblia. Leyéndolas por encima, me doy cuenta de que el escritor valenciano produjo algo más que novelas de costumbres. A principios del siglo XX, cuando el turismo aún podía pasar por aventura, Blasco Ibáñez hizo al menos dos viajes trans-continentales. En uno de ellos tocó en Japón, y la historia de este periplo la narra en el libro La vuelta al mundo de un novelista. Es un texto interesante y relativamente etnográfico, sin apenas muestras de provincianismo. La principal queja, muy común entonces, se refiere a la fealdad y pequeñez de los “nativos”, así como a su falta de “gracia” a la hora de imitar los modales occidentales. Claro que Blasco era bastante feo y, de acuerdo con los patrones de belleza actuales, no le vendría mal un poco de cardio.

Yokohama después del terremoto de 1923, Wikip.

El escritor español visitó Japón a finales de 1923, unos meses después del terremoto que asoló esa parte del mundo. Me dice Wikipedia que fue un temblor de 7,9 grados en la escala de Richter, el 1 de septiembre, a eso del mediodía. El seísmo y los incendios que siguieron destruyeron Tokyo y sobre todo Yokohama, y dejaron entre cien y ciento cincuenta mil víctimas. La peor catástrofe natural del siglo XX. Así vio Blasco Ibáñez el muelle de Yokohama, cuatro meses después:

Mis amigos me señalan en el fondo del agua objetos informes que oprimen con su peso los bloques rotos del muelle y asoman por sus costados. Allí están centenares y centenares de cadáveres. La tenacidad con que las bandas de peces, grandes y chicos, acuden a estos restos de la catástrofe revela la existencia de un enorme pudridero humano.

La verdadera catástrofe, de la que me parece el escritor no habla, porque aún era todo muy confuso, fue la barbarie que siguió a la tragedia: la masacre de coreanos, a quienes los rumores culpaban de los incendios, los saqueos y el envenenamiento de las aguas. Pánico y fanatismos: peligrosa mezcla. Por eso, en mi opinión, creer en dios o en la patria o en los platillos volantes es algo inmoral. Es como creer en la energía nuclear. Que suceda un “accidente” (una limpieza étnica, por ejemplo, en nombre de un destino manifesto) es solo una cuestión de tiempo.

source: news.3yen.com

La posibilidad del horror radiactivo es real, casi palpable, y se prevén más temblores. Pero ya hay que felicitar a Japón porque, en 2011, está mejor pertrechado que el resto de los países del mundo para amortiguar tanto los  desastres naturales como la suspensión de la razón que los acompaña. No solamente es admirable su labor de prevención (ni un solo edificio se ha derrumbado en Tokio) o su impecable atención a los detalles (las máquinas expendedoras tienen una palanca para emergencias, que permite obtener bebidas gratis). También lo son su compostura y su templada reacción ante el seísmo, inculcadas en los niños desde la guardería. Sería lo propio que la gente que sigue la noticia desde la comodidad de Twitter abandonara de una vez por todas el pánico, el sentimentalismo y la superstición.

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PERSON FINDER

2 pensamientos en “Movimientos telúricos

  1. Una pena lo que sucede en Japón, igual te confieso que siento que peor que el tsunami es el desenlace de toda la cuestión nuclear de Fukushima: lleva mas de un par de años la desaparición de la “huella radiactiva”.

    Hay que ver cuanto va afectar esta situación fea sobre el mundo artístico japonés.

  2. Buena información. Gracias, trataré de registrarla en mi blog. En cualquier caso, la experiencia japonesa nos enseña que la catástrofe debe ser escuela para evitar la tragedia. Ahora, más que nunca, con Japón.

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