Neón negro: dubstep en Japón

Source: backtochill.com

No pienso mucho en el dubstep –esa forma de terrorismo electrónico- y no sé prácticamente nada de los músicos que lo hacen. A pesar de ello, lo escucho de vez en cuando. Lo escucho a todo volumen, hasta que me vibra el cerebro, y sé que no soy el único. El dubstep, como el techno y los remixes en general, pertenece a la categoría de playlists llenos de nombres desconocidos o irreconocibles. Es, en cierta medida, el anti-pop: música que pasa por ser anónima, altruista, sin ídolos ni pedestales. Pero también es grandiosa, música de rotundos beats que sustituirían al corazón en caso de infarto y de bajos imposiblemente bajos que alteran el flujo sanguíneo. Y hay, por fin, pocos estilos tan siniestros como este. Digamos que si Lady Gaga es un piso decorado en IKEA, el dubstep es una catedral.

Hace una semana, en un foro de cuyo nombre no quiero acordarme, encontré un enlace al tema de TakAAAki que escuchas arriba. Tiré de Google y encontré un artículo. Luego seguí buscando hasta bien entrada la noche, varias noches. Es un placer descubrir el dubstep nipón, y creo de veras que la posible pérdida auditiva permanente que me ha causado ha merecido la pena. Es también una sorpresa. El dubstep es sinónimo del género musical conocido como grime o “mugre”, y esto es algo que no asocio a la impoluta escena tokiota. No evoca Tokio, evoca Londres y Bristol, el eco electrónico y sucio de los barrios marginales. En ellos huele a pollo frito y ondea la bandera de Jamaica. A ritmo de reggae. De ahí nació el dub en los años 70, aunque solo ha adquirido personalidad propia en la última década. Con la etiqueta, llegó la inevitable “gentrificación”. Gracias a la revolución digital, cualquiera puede conocerlo y practicarlo sin jugarse la vida. Un ejemplo: esta maravilla la hizo Reika, una chica de Brighton, cuando tenía quince años.

Hace mucho que abandonó el ghetto, pero en general sigue siendo literal y metafóricamente underground. No hay dubstep sin la cultura de clubes. Los primeros grafitis de Banksy, flamante candidato al Oscar, aparecieron en la puerta de uno en su Bristol natal, y son la expresión pictórica del movimiento. Hay en ambos un claro elemento de guerrilla cultural urbana. El dubstep es un stencil musical que conecta los clubes de medio mundo. No es una catedral, es un laberinto de túneles. Era solo una cuestión de tiempo que el efecto dominó alcanzara Tokio, donde no hay más clubes porque no caben. Mary Anne Hobbs, de la BBC, estuvo pinchando allí, pudo corroborarlo y volvió con un souvenir llamado Goth-trad.

Goth-trad es el cabecilla del movimiento, su portavoz. En los últimos cuatro años, Goth-trad ha sido el organizador de “Back To Chill” (BTC), una reunión de amigos y conocidos que se celebra mensualmente en la sala Club Asia del barrio tokiota de Shibuya. BTC ha tenido alguna réplica en los alrededores, entre las que estacan Dubcake, también mensual, pero en el distrito de Roppongi. La voz se ha corrido y ha llegado a Osaka, donde existe un programa de radio entero (Dubstep Osaka Radio) dedicado al tema. Uno de los sellos más importantes es 7even Recordings, aunque iai Recordings y Murder Channel empiezan a pisar fuerte. Los lugartenientes de Goth-trad son  100Mado y Quarta 330. Este último mezcla dubstep con los chiptunes de 8 bits extraídos de la consola de videojuegos, una tradición nipona desde los años 80. Pero tres músicos, otros tantos sellos y dos clubes no son mucho. Este es el núcleo de la escena dubstep japonesa.

En un segundo nivel tenemos a un grupo de productores algo más verdes. Dubtro, sospechoso habitual en las sesiones mensuales del Club Asia, es uno de ellos. Y es de justicia incluir aquí el witch house, que es una especie de dubstep pasado por el filtro del Medio Oeste americano. White Ring y Salem también impactan en Japón, con sus órganos lentos y pesados que se arrastran como si arrastraran un cadáver (esa es la imagen, al menos.) Conozco solo dos ejemplos, false y ANTI VOX an limited, ambos interesantes y muy nuevos. El witch house gana en densidad lo que pierde en ritmo. En el punto medio entre estas dos cualidades encontramos a  Heavy1, que suena justamente algo menos “heavy” que el resto; y a Ena, que hace “rave licuado”, según sus propias palabras, o una cosa más ambiental.

El contagio cibernético es fundamental. Sin MySpace y Soundcloud, el flujo de ideas entre Londres y Tokio sería imposible.  Pero el movimiento de personas también es necesario. A veces son las giras las que crean las modas. Otras veces se necesita algo más que turismo para convencer. Un puñado de DJ’s extranjeros residentes en la capital japonesa ha jugado un papel importante. El británico Harakiri puso en marcha el citado festival Dubcake, y regresó a Londres con el trabajo bien hecho hace tan solo unos meses. En una entrevista reciente, Harakiri reconoce varias diferencias entre el dubstep de las dos ciudades. En primer lugar, algo que no solemos tener en cuenta son los equipos de sonido. El dubstep necesita los altavoces más grandes y macarras del mercado. En Londres, los tienen. En Japón, aunque parezca mentira, no abundan. En cuanto a la música, dice Harakiri, en Londres hay muchos subgéneros; en Tokio, a pesar de la renovación, la mayoría de los productores insisten sobre la fórmula del wobble, con su característico bajo ralentizado. Por ejemplo, Tagoo.

Además, continúa el músico inglés, la guerra encarnizada entre los partidarios del vinilo y de los formatos digitales  que sacude Londres es desconocida en Tokio, donde todo el mundo se decanta por los segundos. Harakiri hace otros comentarios interesantes, como que la agresiva testosterona de los  garitos de Londres contrasta con la atmósfera mixta y metrosexual de los clubes tokiotas. Uno no puede evitar pensar que si el neón negro del dubstep llega a imponerse en Tokio, lo hará de la mano de la moda y los complementos. Será limpio. Es difícil de predecir, pero es más que probable que Tokio genere su propia escena, paralela e independiente. Así lo ha hecho siempre. Parecerá moderno y a la vez exótico e indescifrable. Finalmente, Harakiri nos recuerda que el amateurismo es la regla en la capital nipona: la gente trabaja de día y hace música de noche. Hay pocos DJ’s de profesión. Esto complica algunas cosas, aunque el resultado es una saludable falta de estrategia y competitividad. Un desconocimiento del mercado. La misma regla se aplica a toda la música alternativa, y al dubstep -esa forma de terrorismo electrónico- quizás más todavía.

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