Noise 01 – We Don’t Care About Music Anyway

No se repetirá:  se acaba de presentar un documental sobre la escena noise japonesa que lo sabe y la captura según sucede. Lo han visto en el SXSW de Texas y en Nueva York, y en varios festivales latinoamericanos. Espero que circule por aquí porque tiene muy buena pinta. Si alguien se hace con alguna información al respecto, agradecería que nos diérais un toque.  Por supuesto, el documental en sí mismo es de valor artístico y nos muestra con mucha belleza visual (los claroscuros del trailer: I like) algunos de los escondrijos del avant-garde nipón.  Entre otros conocemos a Otomo Yoshihide y Sakamoto Hiromichi.

Son pocos los experimentos culturales que captan la atención de los medios, y aún menos los que tienen un mínimo de aceptación popular.  La experimentación ocurre en desacuerdo, es decir, es marginal por definición y lo es a conciencia. También es cierto que hay pocas cosas tan atractivas como las que suceden en los márgenes de la modernidad urbana: el punk y el arte callejero, por citar dos ejemplos. Y como dijo John Cage, el padre de la música experimental moderna, un experimento deja de serlo en cuanto suena a algo reconocible.  El noise japonés o japanoise suena a feedback, es un estilo musical amplio y con muchas ramificaciones, pero distintivo y por ello -trágicamente- conservador. Y otra cosa: las representaciones son a menudo rutinarias, su urgencia es una ilusión. Pero no importa, el noise busca la alternativa a la alternativa de la alternativa, y la encuentra. En Europa y los USA es un secreto a voces, un tesoro intelectual. Quienes se consideran (o nos consideramos) interesados en temas musicales, saben (o sabemos) que el noise japonés es especial, siniestro y maravilloso.

 

Otomo Yoshihide. Source: lastfm.it

 

Al contrario de lo que ocurre con la escena pop-rock, donde las pocas figuras o grupos nipones de culto mundial se conocen individualmente, cuando hablamos de la música experimental japonesa lo hacemos como un todo, esto es, como si fuera un monstruo de múltiples tentáculos girando furiosamente en la noche tokiota. Lo que exhuda es misterio y un alto grado de transgresión y coolness. Actitud es decir “we don’t care about music anyway”. Y como ya somos muy mayores para ser Rimbaud, nos parece más apropiado disfrutar del noise que meternos en una tribu urbana.

 

Sakamoto Hiromichi. Source: last.fm

 

La mirada es orientalista. Todos casi siempre proyectamos nuestros deseos y frustraciones sobre culturas que -descontextualizadas y desprovistas de su día a día- nos transportan a lugares de ensueño, donde nada salvo la belleza existe. No es, creo yo, ignorancia ni imperialismo cultural, y tampoco es el fondo baldío de un fumadero de opio. Es solamente un deseo de vivir cerca de la poesía,  y de participar de ella de alguna forma. También es curiosidad (interés antropológico, si se quiere) y una prueba más de que la llamada “globalización” no funciona en un solo sentido sino que consta de múltiples  y complejas relaciones que escapan a nuestra obsesión compulsiva por medirlo todo, y que con frecuencia tienen efectos insospechados.

En teoría al menos hay una diferencia fundamental entre la cultura popular (y el ruido lo es) y aquélla que aprendimos en el colegio: la segunda es pausada, está grabada en piedra y nos da todo el tiempo del mundo para digerirla; la primera es efímera, se evapora.  Aunque haya miles de grabaciones y hasta un sello dedicado a perpetuar su memoria (el legendario PSF) no cabe la menor duda de que hoy por hoy el noise japonés va de la mano de su representación escénica. El ruido es visible y también es tangible. Más arriba hemos distinguido entre noise y pop-rock. Es necesario señalar, como poco, un punto de encuentro entre los dos: ambos son sexy, en el sentido más superficial del término. No suelo leer ni mucho menos recordar las entrevistas a U2, aunque leí y recuerdo con cariño una en la que Bono afirmaba que la música clásica carece de la más mínima brizna de sexualidad, y que ese agujero lo tapa el rock. El noise, como el rock, tiene sexo a raudales. En un sentido más amplio, tiene algo que es fundamentalmente rock ‘n’ roll: imagen.

 

 

Fotograma de "We Don't Care About Music Anyway"

 

Pero la  música es música y todas cuentan con al menos tres ingredientes: primero, el exhibicionismo del artista; segundo, la fantasía de quien es testigo de la obra; tercero, la transgresión momentánea de las normas sociales, en la que ambas partes coinciden como dos amantes o anarquistas antiguos, planeando la revolución. La representación termina y el hechizo se rompe, tanto para el músico como para el espectador.

Aquí una entrevista con el director:

 

A lo mejor te interesa la segunda parte: Noise 02

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